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Edgardo Devita
 
 


Fragmento de IMBERBES “Esos estúpidos que gritan” Ezeiza Pag 163, 164

  …Media hora antes Leonardo Favio que hacía de locutor, dijo que había más de dos millones de personas, y les pidió a los portadores de los carteles que los bajasen, para que los fotógrafos de todo el mundo, pudieran documentar la magnitud de semejante  concurrencia. El mismo Favio agradeció el gesto un rato más tarde. La muchedumbre, comenzó a agitarlas con entusiasmo, y a cantar la marcha peronista. Cientos de miles de  manos haciendo la “V” acompañaron el único canto político, que podía unirlos a todos. Después cada sector comenzó a corear sus propias consignas. El contrapunto repetía expresiones de odio y amenazas.
  En la parte  baja del escenario comenzaron a subir  músicos de una orquesta clásica; la gente aplaudió con entusiasmo cuando Favio los presentó. Los muchachos tenían la vista fija en otro sector del campo, donde había movimientos preocupantes. El locutor volvió al micrófono mientras los músicos hacían extraños  ruiditos de afinación con los instrumentos.
  -“A los compañeros que están en los árboles les pedimos por favor que se bajen
  Todos comenzaron a mirar hacia los enormes árboles que estaban detrás de la multitud, a simple vista era difícil distinguir las siluetas entre el follaje. El pedido no dio resultado, luego de unos minutos  Favio volvió a hacerlo, pero con una actitud mucho más enérgica.
Una seguidilla de disparos pareció ser la respuesta. Los gritos de la multitud sorprendida, y el desbande  de quienes intentaban guarecerse, provocaron amontonamientos, y empujones. La gente intentaba guarecerse, pero le era casi imposible, los tiros venían de todos lados. Muchos  caían  heridos en medio del campo. Rubino sacó su arma y se puso a resguardo, no alcanzaba a distinguir a los agresores. De algunas tiendas de campaña vio salir gente con armas largas, ellos sí sabían a quien tirarle. Los ayes no tardaron en oírse entre la lluvia de balazos. Los músicos del escenario, y los periodistas se habían tirado al suelo amontonados, como si los hubiera barrido una enorme bola de bowling…

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Fragmento de IMBERBES… El encuentro con Perón en Olivos pag 204,205

  -¿Y de que hablaron? –preguntó Pedro.
  -Él que habló fue Perón, nosotros solamente escuchamos. Comenzó con la situación del país, los problemas económicos,  su esfuerzo por encausar las cosas, y todo eso. Isabel nos miraba con esa cara neutra que tiene, y el brujo nos escupía con los ojos. Se la pasó entrando y saliendo de la habitación, sin importarle  si interrumpía, o molestaba al General. Después de esa introducción nos dijo que nosotros, todos, recalcó, pertenecemos a un movimiento organizado. Que tiene sus autoridades constituidas, y metodologías definidas. Que debían ser respetadas para bien de todos, y especialmente del país. Que nuestro deber como justicialistas, era  alinearnos dentro de esas estructuras, y aportar nuestro esfuerzo, más allá de que ciertas cosas puedan gustarnos más o menos. Habrá quienes  seguramente no compartan estas ideas, y se sientan algo incómodos, pero esto ya no es problema del movimiento, sino de cada uno. Y bla, bla, bla, y buenas tardes muchachos. Piénsenlo, dijo antes de dejar la habitación.
  -¿Y, eso fue todo? –preguntó Alberto
   -Sí –dijo Raúl sin ánimo.
   -¿Y no pudieron preguntarle nada?
  -Cuando intentábamos preguntar, el General subía la voz como indicando lo contrario.
  -No puede ser
  -Es negrito, es –agregó Raúl, compartiendo la desazón.
   Alberto se quedó clavado en la silla como  si no terminara de entender lo que había escuchado. El Chino y Roberto, se miraban, después, comenzaron a  hacer conjeturas con los demás, sobre los porqué, y los cómo. Pero sobre todo, a preguntarse qué hacer. Fumaban puteaban,  y discutían, sin ponerse de acuerdo.

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Fragmento de “Los hijos del General     pág 79,80

Tienen  una extraña ternura en sus miradas,  que convive misteriosamente con un odio visceral y profundo. Me  creen uno de ellos, me dejo rodear disimulando hasta donde me sea posible. Vale me toma de la mano, me la aprieta fuerte cada vez que escucha algún comentario que sabe puede herirme. Mira para todos lados a cada rato como si quisiera tener a mano una salida rápida, una puerta de escape. Alguien podía reconocernos; un gesto equivocado, una palabra a destiempo y todo sería terrible. Como les explico que quería conocerlos, que palabras podrían ser lo suficientemente buenas como para que ellos entiendan que no soy un espía, que no  juego para el otro bando; que no tengo bando.
  Me siento un miserable que esconde su cara y su  historia para  enterarse de otras y me pregunto una vez más porqué. Porque no puedo hacer como Ale que da todo por aceptado, que  asimila esta realidad con una digestión rápida y ni se le cruza por la cabeza masticarla o sentirle algún sabor. Yo en cambio el sensible, el mariconcito que estudio en el conservatorio, me planteo una y otra vez estas cosas. Sí viejo, me las planteo. ¿Había necesidad?
  Me cubren las pancartas y los estribillos que coreo sin indiferencia ni sentimiento. Me presento como Lalo, ella es mi novia deducen todos que están encantados de conocerme; dos más para la causa.
  No muy lejos de nosotros está el pequeño escenario, en unos minutos alguien subirá para hablar mal del vos Papá, para contar esas cosas que Ale cree que  son puras infamias sin siquiera escucharlas.
  Vale me abraza, me protege. Las voces gritan, insultan, piden justicia, hablan de la otra historia. Llaman asesinos a los que me enseñaron a creer que defendían la patria. Y llaman víctimas a los que yo creía que pretendían destruirla.
 Yo aplaudo porque todos aplauden y no puedo parecer indiferente, porque no lo soy. También estoy buscando una verdad, al igual que ellos se que no me va a gustar lo que encuentre, a diferencia de ellos se que voy a salir lastimado en esta búsqueda.


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Fragmento de Los hijos del General  pág 183,184

Las horas previas a ese vuelo 1045 de American, un goteo incesante de adrenalina, una letanía de pensamientos algunos optimistas otros no tanto. Desvelado a las cinco de la mañana, los ojos clavados  en el techo, atento a los murmullos de la noche, al trino de los primeros pájaros.
  Imaginando a Clara seguramente tan despabilada como él, velando el sueño de su hija  dormida a su lado. Y las horas empecinadamente lentas torturándolo con su capricho. Ya se habrán levantado, estarán desayunando. Ya la diez, hora de salir; de Villa del Parque  a Ezeiza  como mucho una hora, mejor ir con tiempo por las dudas. Y las valijas y el pre embarque siempre tan antes de que salga el avión. Y deben haber llegado. Les tiene que ir bien ¡les va a ir bien!
  Los días posteriores nada, ni siquiera imaginar ese itinerario prefijado de controles y exámenes que le contara Clara, ni a ella al lado de la camita sosteniéndole la mano, en medio de ese universo de voces hablando  cosas inentendible. Una nada hostil cargado de abulia, como una nube densa en la que arrastrarse para no ir a ningún lado.
  Todo había terminado.  Sí, todo; sus  esfuerzos y  dilemas, sus buenas intenciones. Como si alguien hubiese apretado el total  y la registradora le sacara la lengua con  el resumen de lo vivido y después; cero. 
  Quien iba a extrañar a ese montón de huesos y pellejo arrojado sobre el sillón de living. ¿Quién era él hoy Agustín o Lalo? ¿Quién quería ser en adelante? ¿Qué era adelante?



 


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