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Editado por
Editorial de los
Cuatro Vientos


Fecha de Edición
Septiembre
de 2005




Nací en el Hospital Álvarez del barrio de Flores un 10 de Febrero de 1958. Hijo único de un matrimonio mayor (mamá me tuvo a los 47 años). Ella enfermera, él corredor de comercio. Radicados en San Antonio de Padua, una localidad ubicada a veintinueve kilómetros al oeste de la Capital.

Mi infancia se desarrollaba dentro de una apacible normalidad, hasta que cuando tenía once años se desató la enfermedad de papá. Las idas y venidas del tratamiento, que incluyeron dos operaciones, tenían ocupados a mis padres. Yo me queda con una tía (hermana de mamá) que vivía con nosotros, jugando sólo en un jardín de casi treinta metros de fondo.

Durante la semana el colegio y el cotidiano partido de fútbol que jugaba en cualquiera de las muchas canchitas que tenía mi barrio por entonces, me tenían ocupado. Pero los sábados y especialmente los domingos, la canchitas las usaban los grandes y mis amigos generalmente se iban de paseo con sus familias.

Fue entonces cuando descubrí la magia de la radio. Mi mamá me prestaba una Noblex “Carina” y yo me iba al jardín a escuchar transmisiones de fútbol. Repentinamente el silencio de ese jardín se llenaba de voces, sensaciones, movimientos. Me imagina la cancha, los jugadores, las tribunas. Me imaginaba yo haciendo un gol, siendo reporteado. Más de una vez terminaba corriendo detrás de una pelota, jugando un partido virtual con mis fantasías.

Un día mi papá me regalo una cancha de fútbol hecha en madera de un metro y medio por ochenta centímetros. En ella yo podía armar mis propios partidos moviendo antojadizamente las fichas. Y de paso dejar tranquilas las averiadas plantas del jardín. Al principio invité a todos mis amigos a jugar, pero yo jugaba tan seguido a ese juego que
les ganaba con facilidad y terminaba aburriéndome.

Decidí jugar sólo, armar mi propio campeonato, cada equipo con su plantilla, partidos y revanchas y yo jugaba todos y cada uno de los partidos. Tiempo después comencé a relatarlos, imitando frases y modismos de José Maria Muñoz, de Bernardino Veiga o Yiyo Arangio. Gritaba los goles hasta quedar disfónico, todavía recuerdo la voz de mi vieja pidiéndome con ternura “Edgardo más bajito” No sólo relataba, también leía los avisos, hacía los reportajes y contestaba como si fuese un jugador. Debo hacer dejado
de jugar a eso cerca de los quince años, aunque nunca me atreví a confesarlo.

El secundario lo empecé en el colegio de curas de Padua, la salud de mi padre se desmejoraba irremediablemente, mi mundo calmo y solitario comenzaba a alterarse de manera impensada. Allí conocí a esos curitas modernos, y piolas que no sólo nos daban religión sino que dirigían muchas de las actividades en derredor de la parroquia a las que lentamente me integré..

A fines de ese 1971 falleció mi padre. Su muerte aunque previsible me dejó secuelas que tardaron años en sanarse. Me transforme en una persona cerrada, peleada con Dios, irascible y rebelde. Pasé de año trabajosamente gracias a la insistencia de mi madre para que no abandonara los estudios.
Mi angustia encontró un poco de consuelo en las charlas con aquellos curas, especialmente el padre “Puchi”
Cortez al que llamé Caio en mi novela.

Cuando comencé el segundo años del secundario los hijos de una profesora me invitaron un día a su casa a tocar la guitarra y escuchar música. Ellos tenían una colección de discos que me deslumbró por completo. Gracias a los hermanos Claudio y Adrián Espinosa conocí a Vox Dei, a Almendra, a la Pesada y también a Yes, a Emerson Lake and Palmer, Génesis y Pink Floyd. Me transforme en fanático de la “Musica progresiva”, nombre que se le daba por entonces a la corriente rockera y claramente marginal de principios de los setenta.

Durante ese año también anduve a los tumbos en el estudio e intente abandonar el colegio, de no ser por mi vieja seguro hubiera cometido ese error. Cuando pase a tercero me cambie al Comercial de Merlo, allí me hice un grupo de compañeros que eran progresivos como yo y con ellos compartí mis estudios y nuestra común afición hasta terminar la secundaria.

Tenía en claro que quería ser músico de rock, bajista y compositor. Me la pasaba todo el día haciendo canciones tocando con amigos y soñando. Mi convicción tomó más cuerpo cuando me integré a un conjunto al que llamamos “Fantasia” con un vecino el barrio. El sueño comenzaba a hacerse realidad, un grupo de muchachos del barrio tocan sus canciones, buscan un productor discográfico, editan un disco y triunfan. Pero paso que el productor quería un dúo y no un cuarteto, y la fantasía terminó para mí.

Un año después luego de algunos intentos por formar otra banda vaya a saber porque, decidí vender mi bajo “Eko” mi equipo “Hollywood” de tres cuerpos y me fui de vacaciones a Europa a visitar a mi primo. A mi regreso comencé a preparar el examen de ingreso para entrar en la escuela de periodismo deportivo. Nunca tuve en claro por que tome una decisión tan radical.. Lo que si puedo afirmar es que no me arrepiento de haberlo hecho.

Me recibí de periodista deportivo tres años después en 1983, renuncie al banco que y empecé a trabajar en publicidad conjuntamente con mis primeros pasos en el periodismo radial. Volver a estudiar reavivó mi pasión por la lectura. Desde entonces siempre hubo un libro entre mis manos, hubo épocas en mi vida en que mi necesidad de lector pasaba por la metafísica, otras por la lectura mística pero siempre retornaba a los cuentos y las novelas que me permitían jugar con mi imaginación a la par de internarme en cada una de las historias.

Ya estaba casado, nacieron mis hijas Constanza en 1987 y Camila en 1990, mi carrera periodística estaba asentada, por entonces ya relataba fútbol en una radio barrial, pero algo dentro de mí me pedía, me exigía otra cosa. Nunca había dejado de escribir, poemas, cuentos, pero eran para mí, no tenía hasta entonces otra ambición que regocijarme leyéndolos. Y así como un día porque sí había decidido vender mis instrumentos abandonar la música, otro día decidí que quería publicar lo que escribía y ser un escritor.

Siempre renegué del la improvisación y el oportunismo. Fiel a
mi idea comencé a concurrir a talleres literarios, incremente mi tiempo de lectura y a escribir metódicamente todos los días. El deterioro de mi matrimonio me encontró enfrascado en el aprendizaje literario, como una terapia, como una forma de imaginar otro futuro.

Desde entonces hasta ahora todo fue rutinariamente hermoso; leer, escribir, corregir una y mil veces, todos los días. Disfrutando de cada uno de esos momentos con una intensidad regocijante. Un día la vida me acercó a Alberto Ramponelli, primero un coordinador literario, después el corrector de mi novela, hoy un maestro y un amigo.

Él fue el que me indujo a editar “IMBERBES”, el que me dijo que lo mió era bueno, que era tiempo de iniciar este camino. Se que mi sueño literario ha venido postergando a mi profesión de periodista irremediablemente, al punto de que a veces me parece estancada. Pero también se que en este y en todos lo demás casos, la decisión fue mía, conciente y sin arrepentimientos.

Hoy sigo cumpliendo rigurosamente ese ritual de intensa lectura y escritura diaria, tal vez con más placer que nunca. Carezco de apoyo publicitario, aún así sigo presentando mi novela en cuanto lugar me inviten casi dos años después de editada. Comparto con Laura mi actual mujer, la maravillosa experiencia de ser un escritor itinerante y por sobre todo mi inquebrantable necesidad de seguir soñando siempre con algo nuevo, hasta mi último día.

 
 
Hice de mi profesión una pasión, el relato de fútbol
 
Mis hijas Constanza y Camila
 
Mi mujer Laura
 
Junto a mi maestro y amigo Alberto Ramponelli, compartimos infinidad de encuentros literarios.
 
 

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