Nací
en el Hospital Álvarez del barrio de
Flores un 10 de Febrero de 1958. Hijo único
de un matrimonio mayor (mamá me tuvo
a los 47 años). Ella enfermera, él
corredor de comercio. Radicados en San Antonio
de Padua, una localidad ubicada a veintinueve
kilómetros al oeste de la Capital.
Mi infancia se desarrollaba dentro de una apacible
normalidad, hasta que cuando tenía once
años se desató la enfermedad de
papá. Las idas y venidas del tratamiento,
que incluyeron dos operaciones, tenían
ocupados a mis padres. Yo me queda con una tía
(hermana de mamá) que vivía con
nosotros, jugando sólo en un jardín
de casi treinta metros de fondo.
Durante la semana el colegio y el cotidiano
partido de fútbol que jugaba en cualquiera
de las muchas canchitas que tenía mi
barrio por entonces, me tenían ocupado.
Pero los sábados y especialmente
los domingos, la canchitas las usaban los grandes
y mis amigos generalmente se iban de paseo con
sus familias.
Fue entonces cuando descubrí
la magia de la radio. Mi mamá
me prestaba una Noblex “Carina”
y yo me iba al jardín a escuchar transmisiones
de fútbol. Repentinamente el silencio
de ese jardín se llenaba de voces, sensaciones,
movimientos. Me imagina la cancha, los jugadores,
las tribunas. Me imaginaba yo haciendo un gol,
siendo reporteado. Más de una vez terminaba
corriendo detrás de una pelota, jugando
un partido virtual con mis fantasías.
Un día mi papá me regalo
una cancha de fútbol hecha en madera
de un metro y medio por ochenta centímetros.
En ella yo podía armar mis propios partidos
moviendo antojadizamente las fichas. Y de paso
dejar tranquilas las averiadas plantas del jardín.
Al principio invité a todos mis amigos
a jugar, pero yo jugaba tan seguido a ese juego
que
les ganaba con facilidad y terminaba aburriéndome.
Decidí jugar sólo, armar
mi propio campeonato, cada equipo con su plantilla,
partidos y revanchas y yo jugaba todos y cada
uno de los partidos. Tiempo después comencé
a relatarlos, imitando frases y modismos
de José Maria Muñoz, de Bernardino
Veiga o Yiyo Arangio. Gritaba los goles hasta
quedar disfónico, todavía recuerdo
la voz de mi vieja pidiéndome con ternura
“Edgardo más bajito” No
sólo relataba, también leía
los avisos, hacía los reportajes y contestaba
como si fuese un jugador. Debo hacer
dejado
de jugar a eso cerca de los quince años,
aunque nunca me atreví a confesarlo.
El secundario lo empecé en el
colegio de curas de Padua, la salud
de mi padre se desmejoraba irremediablemente,
mi mundo calmo y solitario comenzaba a alterarse
de manera impensada. Allí conocí
a esos curitas modernos, y piolas que no sólo
nos daban religión sino que dirigían
muchas de las actividades en derredor de la
parroquia a las que lentamente me integré..
A fines de ese 1971 falleció
mi padre. Su muerte aunque previsible
me dejó secuelas que tardaron años
en sanarse. Me transforme en una persona cerrada,
peleada con Dios, irascible y rebelde. Pasé
de año trabajosamente gracias a la insistencia
de mi madre para que no abandonara los estudios.
Mi angustia encontró un poco de consuelo
en las charlas con aquellos curas, especialmente
el padre “Puchi”
Cortez al que llamé Caio en mi novela.
Cuando comencé el segundo años
del secundario los hijos de una profesora me
invitaron un día a su casa a tocar la
guitarra y escuchar música. Ellos tenían
una colección de discos que me deslumbró
por completo. Gracias a los hermanos Claudio
y Adrián Espinosa conocí a Vox
Dei, a Almendra, a la Pesada y también
a Yes, a Emerson Lake and Palmer, Génesis
y Pink Floyd. Me transforme en fanático
de la “Musica progresiva”, nombre
que se le daba por entonces a la corriente rockera
y claramente marginal de principios de los setenta.
Durante ese año también anduve
a los tumbos en el estudio e intente abandonar
el colegio, de no ser por mi vieja seguro hubiera
cometido ese error. Cuando pase a tercero me
cambie al Comercial de Merlo, allí me
hice un grupo de compañeros que eran
progresivos como yo y con ellos compartí
mis estudios y nuestra común afición
hasta terminar la secundaria.
Tenía en claro que quería ser
músico de rock, bajista y compositor.
Me la pasaba todo el día haciendo canciones
tocando con amigos y soñando. Mi convicción
tomó más cuerpo cuando me integré
a un conjunto al que llamamos “Fantasia”
con un vecino el barrio. El sueño comenzaba
a hacerse realidad, un grupo de muchachos del
barrio tocan sus canciones, buscan un productor
discográfico, editan un disco y triunfan.
Pero paso que el productor quería un
dúo y no un cuarteto, y la fantasía
terminó para mí.
Un año después luego de algunos
intentos por formar otra banda vaya a saber
porque, decidí vender mi bajo “Eko”
mi equipo “Hollywood” de tres cuerpos
y me fui de vacaciones a Europa a visitar a
mi primo. A mi regreso comencé
a preparar el examen de ingreso para entrar
en la escuela de periodismo deportivo.
Nunca tuve en claro por que tome una decisión
tan radical.. Lo que si puedo afirmar es que
no me arrepiento de haberlo hecho.
Me recibí de periodista deportivo tres
años después en 1983, renuncie
al banco que y empecé a trabajar en publicidad
conjuntamente con mis primeros pasos en el periodismo
radial. Volver a estudiar reavivó mi
pasión por la lectura. Desde
entonces siempre hubo un libro entre mis manos,
hubo épocas en mi vida en que mi necesidad
de lector pasaba por la metafísica, otras
por la lectura mística pero siempre retornaba
a los cuentos y las novelas que me permitían
jugar con mi imaginación a la par de
internarme en cada una de las historias.
Ya estaba casado, nacieron mis hijas Constanza
en 1987 y Camila en 1990, mi carrera periodística
estaba asentada, por entonces ya relataba fútbol
en una radio barrial, pero algo dentro de mí
me pedía, me exigía otra cosa.
Nunca había dejado de escribir, poemas,
cuentos, pero eran para mí, no tenía
hasta entonces otra ambición que regocijarme
leyéndolos. Y así como
un día porque sí había
decidido vender mis instrumentos abandonar la
música, otro día decidí
que quería publicar lo que escribía
y ser un escritor.
Siempre renegué del la improvisación
y el oportunismo. Fiel a
mi idea comencé a concurrir a talleres
literarios, incremente mi tiempo de lectura
y a escribir metódicamente todos los
días. El deterioro de mi matrimonio me
encontró enfrascado en el aprendizaje
literario, como una terapia, como una forma
de imaginar otro futuro.
Desde entonces hasta ahora todo fue
rutinariamente hermoso; leer, escribir, corregir
una y mil veces, todos los días. Disfrutando
de cada uno de esos momentos con una intensidad
regocijante. Un día la vida me acercó
a Alberto Ramponelli, primero un coordinador
literario, después el corrector de mi
novela, hoy un maestro y un amigo.
Él
fue el que me indujo a editar “IMBERBES”,
el que me dijo que lo mió era bueno,
que era tiempo de iniciar este camino. Se que
mi sueño literario ha venido postergando
a mi profesión de periodista irremediablemente,
al punto de que a veces me parece estancada.
Pero también se que en este y en todos
lo demás casos, la decisión fue
mía, conciente y sin arrepentimientos.
Hoy sigo cumpliendo rigurosamente ese ritual
de intensa lectura y escritura diaria, tal vez
con más placer que nunca. Carezco de
apoyo publicitario, aún así sigo
presentando mi novela en cuanto lugar me inviten
casi dos años después de editada.
Comparto con Laura mi actual mujer, la maravillosa
experiencia de ser un escritor itinerante y
por sobre todo mi inquebrantable necesidad de
seguir soñando siempre con algo nuevo,
hasta mi último día. |